Por: Dina Fernández

En la sala de espera estaba sentado un hombre alto y moreno, tan delgado que la camisa parecía colgarle de los huesos. Era obvio que no había llegado por un problema menor: se le veía mal, verdaderamente enfermo.

Mi amigo observó con curiosidad al personaje y cuando tocó su turno le preguntó a la doctora por él. “Es Teodoro Palacios Flores”, le contó. “Ya perdió un ojo y estamos haciendo lo posible por evitar que se quede ciego. Está muy mal de la diabetes y prácticamente no tiene qué comer. Hoy yo le pagué el desayuno”.

En la sala de espera estaba sentado un hombre alto y moreno, tan delgado que la camisa parecía colgarle de los huesos. Era obvio que no había llegado por un problema menor: se le veía mal, verdaderamente enfermo.

Mi amigo observó con curiosidad al personaje y cuando tocó su turno le preguntó a la doctora por él. “Es Teodoro Palacios Flores”, le contó. “Ya perdió un ojo y estamos haciendo lo posible por evitar que se quede ciego. Está muy mal de la diabetes y prácticamente no tiene qué comer. Hoy yo le pagué el desayuno”.

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